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lunes, octubre 25, 2004

  Cuando me desperté aquella mañana él ya no estaba ahí. Una voz al teléfono me dijo que se había ido que ya no volvería jamás. Pero yo no me daba cuenta. Cuando el avión aterrizó después de largas horas de vuelo, vi la caja cerrada, las flores y a mucha gente llorando. Pero yo no me daba cuenta. Lloré yo también, y traté de hablarle en silencio, para mis adentros, por si todavía desde algún lugar podía escucharme. Pero yo seguía sin darme cuenta. Y volví a casa y miré sus fotos en un album que encontré en un cajón, y cogí un marco de encima de la repisa que tenía una foto suya y me abracé a él, como si así estuviera dándole el último abrazo, el que no pude darle. Pero aún así, yo no me daba cuenta. Sentada en la popa del barco, miré sus cenizas mezclarse con pétalos de rosas amarillas y rojas, y vi como las olas las empujaban hacia las rocas. Y aunque no podía contener las lágrimas, en ese momento yo tampoco me daba cuenta. Y pasaron dos meses y dos semanas y tuve ganas de hablarle, de estar con él, de darle un beso, de mirar su sonrisa, de escuchar su respiración, de recibir un e-mail de su parte. Sentí de ganas de que me abriese la puerta al volver a casa. Pero él no estaba. Y ya todo había pasado, ya nadie lloraba, y yo me di cuenta. Y sentí dolor, dolor profundo, un dolor que no había sentido antes, dolor de amor, pero dolor sin esperanza. Entonces lloré, y no puedo parar. Quizás porque hasta ahora no me había encontrado con un amor así de imposible. Y recuerdo su ultimo beso, en la puerta de casa, con mi maleta en la mano. Un beso de despedida, lleno de amor y de ganas de volver a verme.

Esparcido por Carmela siendo 8:34 p. m. h.

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domingo, octubre 17, 2004

  Cuando has pasado mucho tiempo soñando con volver a un lugar y de pronto vuelves, te das cuenta de que la mayor parte de los recuerdos, no corresponden con la realidad. Los lugares cambian a una velocidad vertiginosa, porque lo que recordamos de los lugares son cosas variables, como la temperatura, los olores, las plantas, los sonidos... y sobretodo los efectos que todo esto produce en las personas que habitan en ese lugar. Te das cuenta entonces de que las estaciones tienen personalidad y te pones triste porque el otoño que vives nunca será igual al otoño del año pasado, porque hace más frio, porque algunas personas se han ido, porque otras han vuelto, porque en el teatro representan obras diferentes, porque no tienes tu coche blanco, porque pronto te marchas, proque hay mucho trabajo, pero sobretodo... porque tú no eres la misma. Porque el invierno la primavera y el verano que precedieron al otoño del año pasado te han cambiado. Porque tienes otras ilusiones, como esa ilusión tan grande de volver, que tenías cuando no estabas aquí. Por eso, no puedo dejar de preguntarme: ¿porqué las ilusiones no se parecen a lo que luego nos encontramos?, ¿será porque no somos capaces de hacerlas realidad?, ¿o será porque imaginamos en exceso?, ¿serán las ilusiones una manera de sobrevivir a la realidad?, ¿ o es que nunca estamos plenamente contentos con lo que tenemos?


Esparcido por Carmela siendo 7:45 p. m. h.

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martes, junio 29, 2004

  Nunca he vivido muchos años seguidos en la misma casa, diría que ni siquiera en la misma ciudad, y últimamente, ni siquiera en el mismo país. SIn embargo, cada vez que he llegado a lugar nuevo, lo he hecho convencida de que sería para siempre y nunca he conseguido aprender a marcharme. Hoy, después de limpiar bien la alfombra de mi casa, he cerrado la puerta para marcharme y he metido las maletas en el maletero del coche. He abierto la puerta delantera de mi honda civic blanco y cuando estaba a punto de entrar, he tenido que volver atrás para mirar por última vez mi casa. Al abrir la puerta roja, he sentido de nuevo la impresión de la primera vez. Las paredes y la moqueta blancas, el sol que entraba por entre las rejillas de las persiana, el sonido de los pajaros cantando fuera me recordaron a aquel día frío y soleado del mes de febrero. Me acordé de aquella camioneta "pick up" que alquilamos para ir a comprar los muebles, de lo difícil que me resultaba montar las sillas verdes, de cuando colocamos las fotos, de su cara de felicidad, de mi cara de pánico... He sonreído, y mientras miraba la alfombra recién limpia he vuelto a cerrar la puerta roja, he caminado hasta el coche, me he metido dentro, me he puesto el cinturón, he cerrado la puerta, he dado marcha atrás para salir del aparcamiento, y le he ido a buscar porque me estaba esperando para irnos juntos de nuevo a otro lugar que probablemente tampoco será definitivo.


Esparcido por Carmela siendo 11:01 p. m. h.

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miércoles, junio 16, 2004

  Nací hace exactamente 35 años. Supongo que un día de mucho calor, porque en la ciudad donde nací hace mucho calor todos los 16 de junio. Siempre me ha vuelto loca el mes de junio, y cada año desde el día 1 he contado los días que quedaban para que llegase este día. Desde muy pequeña me ha fascinado que me feliciten, y que me canten y que me llamen por teléfono. Siempre me ha gustado mucho ser protagonista al menos por un día. Nunca entendí a la gente que no le gusta hacerse mayor. Este año, no sé porqué motivo, me apetece poco celebrar y curiosamente este mismo año, muy poca gente me ha llamado y poca gente se ha acordado mí. Hasta los que nunca se olvidan esta vez lo han hecho. Es curioso, como nuestro estado de ánimo o nuestra actitud ante una cosa ejercen un dramático efecto sobre los demás. Comienzo a preguntarme si los amigos no existen, o si a lo mejor no son más que un reflejo de nosotros mismos o de nuestra energía sobrante. Así, si logramos ser exotérmicos tenemos amigos, y cuando no logramos producir energía aprovechable estamos sólos. Desde hace una semana soy endotérmica.

Esparcido por Carmela siendo 6:27 p. m. h.

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lunes, mayo 31, 2004

  Salir de una mala racha no es difícil, todo el mundo sale, las malas rachas terminan solas. Lo realmente difícil es salir ilesa, despertarme de la pesadilla con buena cara y con el cutis terso, sin que se vean los rastros que la sequedad provocada por las lágrimas ha dejado en mis mejillas, en las aletas de mi nariz, o en el contorno de mis ojos. Los rastros que la ansiedad ha dejado en mis muslos, en mis caderas o alrededor del ombligo. Lo difícil es comenzar a combatir esa falta de seguridad en mí misma que he ido adquiriendo, o desadquiriendo para ser más exactos, durante todos estos meses de angustia. Lo difícil es dejar de recordar y volver a ser lo que yo era: alegre, elegante, bonita, inteligente, dulce, atrevida, irónica y graciosa. Resulta difícil reir de nuevo, e imaginar que lo que está por venir puede llegar a ser tan bueno como lo que se perdió. Pero lo más difícil es hacer balance, darme cuenta de quienes son las personas que han estado a mi lado en todo momento, y quienes son las que yo esperaba que estuvieran y no han estado. Limpiar mi la lista de amistades, tirar a la basura teléfonos que solía usar a diario como quien tira una camisa vieja y pasada de moda y desenpolvar, por otro lado teléfonos habitualmente poco usados porque vuelven a estar de moda como el bolso de mano o el abrigo de visón "vintage" que heredé de mi abuela. Es paradójico, pero lo más difícil, después de haber vivido una pesadilla es aceptar la cruda realidad.

Esparcido por Carmela siendo 8:56 p. m. h.

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lunes, mayo 17, 2004

  Salía de la consulta del médico, había escuchado el resultado de las pruebas, había llorado, y había recibido también el tratamiento supuestamente adecuado. En un folio blanco, con letra courier 12 llevaba escritas las últimas recomendaciones: "1. do not drink any alcoholic drinks, 2. do not take any antiinflamatory drugs (e.g aspirin, ibuprofen), 3. do not take any vitamins". Y la enfermera me las repitió mientras me daba una cita para la semana siguiente: "do not take any vitamins". A pesar de que no podía dejar de pensar, no pregunté: --si no puedo tomar vitaminas, entonces... ¿no puedo comer?, ¿existirá algún alimiento medianamente nutritivo que no lleve vitaminas?, ¿o es que la enfermera considera, después de pasarse años comiendo pizza congelada y paquetes de macaronni and cheese que los alimentos de hoy en día ya no llevan vitaminas?, ¿qué debería comer?.--. Llegué a mi casa y me preparé una ensalada bien vitaminada de lombarda, endivias, queso roquefort y bacon tostado que aliñé con zumo de limón, aceite de oliva sal y pimienta roja. Y mientras me tomaba de postre un yogur desvitaminado (por si acaso) imaginaba mi frutero lleno de melocotones, de esos de piel áspera para algunos y suave para otros. Unos melocotones grandes, medio amarillos, medio rojos. Vitamina A y C sin encapsular ni embotellar, de la que no te mata. De la que no te prohíben. Y pensaba que así será mi vida cuando vuelva a España, una vida auténtica, de verdad, una vida de pescado, naranjas, cerezas y melocotón una vida sin suplementos vitamínicos.


Esparcido por Carmela siendo 3:53 p. m. h.

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jueves, abril 22, 2004

  Hace ya más de un año que escribí por primera vez el título de mi blog: "Dichoso tú que no tienes el amor disperso". El me ayudó a empezar esta página, como siempre me había ayudado a todo. Me puso el enlace para los comentarios, y me puso un comentario. El me enseñó que yo era la mujer más inteligente, la más guapa, la más buena. Me eseñó a creer en mí misma y me convenció de que soy invencible. De él aprendí que triunfar es sólo cuestión de intentarlo, aprendí a reirme de mi mal humor y a llorar en las despedidas. Con él viajé a los países más bonitos, y viví en los rincones más fríos del planeta. Yo le debía un beso, un beso en público que nunca le di porque ese beso de amor que me hacía sentir vergüenza. Hoy, con la mochila a la espalda, vuelvo a entrar por el pasillo de mi casa, despacio, dando pasos pequeñitos, con miedo y mirando a mi derecha y a mi izquierda. Hoy espero que salga a mi encuentro y me abrace, que me sonría con cara de pillo, que me llame boba porque me echo a llorar. Hoy quiero darle ese beso.


Esparcido por Carmela siendo 9:39 p. m. h.

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